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De 11,5° a 8,5°: cuando una modificación normativa puede cambiar el futuro del vino chileno
Esos tres grados de diferencia —o, más bien, la forma en que se aplican— pueden parecer para el público general apenas una nueva consideración burocrática. Sin embargo, detrás de este cambio hay consecuencias potencialmente mayores, y no necesariamente deseadas, para el futuro del vino chileno y para el desarrollo del enoturismo.
Esos tres grados de diferencia —o, más bien, la forma en que se aplican— pueden parecer para el público general apenas una nueva consideración burocrática. Sin embargo, detrás de este cambio hay consecuencias potencialmente mayores, y no necesariamente deseadas, para el futuro del vino chileno y para el desarrollo del enoturismo.
Hasta hace poco, para que un vino pudiera venderse para consumo directo en Chile debía tener una graduación alcohólica mínima de 11,5°. Desde el 11 de septiembre de 2026, una modificación del reglamento creó además una nueva categoría: el “vino bajo alcohol”, que puede partir en 8,5°.
La diferencia parece pequeña. Son apenas tres grados.Pero en el mundo del vino, donde el alcohol está relacionado con la madurez de la uva, el clima, las decisiones de vendimia, la variedad, la vinificación y, en muchos casos, con la identidad de un lugar, tres grados pueden significar bastante más que una cifra en la etiqueta.
Hay una manera de llegar naturalmente a un vino de menor graduación: cultivar uvas en territorios donde las condiciones climáticas permiten alcanzar una madurez equilibrada sin concentrar tanto azúcar.
El alcohol también puede contar una historia
El clima, la cercanía al mar, la latitud, la altitud, los suelos, las variedades plantadas y la fecha de cosecha forman parte de esa ecuación.
Imaginemos, por ejemplo, un productor pequeño de una zona fría o costera que obtiene naturalmente un vino de 9° o 10°. Ese grado alcohólico no es necesariamente una deficiencia que haya que corregir. Puede ser parte de la expresión de su territorio.
Ahí aparece una posibilidad particularmente interesante para Chile: convertir esa característica en valor.
Territorio + paisaje + variedad + productor + vino + turismo + identidad.
Un vino de menor graduación puede ser entonces mucho más que un producto que responde a una tendencia de consumo. Puede convertirse en una manera de contar un lugar.
Y eso tiene consecuencias para el enoturismo. El visitante no llega solamente a beber un vino: llega a conocer un paisaje, una forma de producir, una historia y una comunidad.
Pero hay otra manera de llegar a los 8,5°
La nueva normativa también reconoce y autoriza distintas prácticas enológicas y tecnologías que permiten trabajar sobre las características del vino.
Aquí aparece la primera gran pregunta. No es lo mismo que un vino tenga naturalmente 9° porque proviene de un determinado territorio, a que un vino producido bajo otras condiciones llegue a una graduación similar mediante herramientas tecnológicas.
El resultado puede compartir una cifra en la etiqueta, pero no necesariamente comparte la misma historia. Esto no significa que una tecnología sea mala ni que los vinos de menor graduación sean menos legítimos. La tendencia hacia vinos con menos alcohol responde a cambios reales en los hábitos de consumo y a una categoría que crece internacionalmente.
El propio decreto reconoce esas transformaciones, además de problemas como el descenso del consumo tradicional y el sobrestock existente en el sector.
El punto es otro: una misma innovación puede producir efectos muy distintos dependiendo de quién tiene acceso a ella.

La misma herramienta no está disponible para todos
Una pequeña viña familiar, un productor de vinos de autor o un viticultor que trabaja con pocas hectáreas no dispone necesariamente de laboratorios, equipamiento, capital, capacidad técnica, redes comerciales y volumen de producción comparables a los de una gran empresa.
Para una gran bodega, en cambio, una nueva categoría puede abrir posibilidades para desarrollar productos a escala, modificar perfiles, responder rápidamente a una tendencia de consumo y distribuirlos a través de grandes canales comerciales.
Esto no significa que todas las grandes viñas vayan a hacer exactamente eso. Tampoco significa que todos los pequeños productores estén excluidos.
Pero sí plantea una cuestión que Chile conoce bien: cuando se introduce una nueva posibilidad tecnológica en un mercado desigual, ¿quién está realmente en mejores condiciones para aprovecharla?
Una pequeña revolución que vale la pena proteger
Y esa pregunta importa especialmente en un momento en que el vino chileno ha comenzado, aunque todavía tímidamente, a construir otras formas de relación entre productores, viticultores y territorios.
Durante los últimos años han aparecido iniciativas que intentan modificar la relación tradicional entre quien cultiva la uva y quien produce el vino.
El movimiento de vinos de autor, por ejemplo, ha puesto en circulación productores pequeños, variedades menos conocidas, territorios olvidados y nuevas formas de colaboración.
También han surgido experiencias de compra más justa de uva, en las que el viticultor deja de ser simplemente quien entrega una materia prima para convertirse en parte de una cadena de valor.
Hay ejemplos todavía más interesantes. Un campesino puede tener buenas uvas pero no saber cómo transformarlas en vino. Un enólogo puede aportar conocimiento y tecnología. De esa colaboración puede surgir un vino, pero también algo más importante: el aprendizaje del propio productor, la incorporación de capacidades y la posibilidad de que ese territorio genere mayor valor por sí mismo.
Es una lógica distinta a la de comprar materia prima barata y convertirla en un producto estandarizado.
Es una lógica basada en colaboración, territorio y conocimiento.
La nueva categoría de bajo alcohol no destruye automáticamente ese camino. Pero puede competir con él si la respuesta a la tendencia de consumo termina concentrándose principalmente en soluciones tecnológicas accesibles a quienes ya poseen mayor escala.
El problema no es necesariamente que se compre menos uva
Aquí conviene ser precisos. Sería apresurado afirmar que un vino de 8,5° necesariamente requiere menos uva o que la nueva categoría provocará automáticamente una caída en la demanda de uva y, por lo tanto, de sus precios.
Eso dependerá de cómo se produzcan esos vinos, de los mercados a los que lleguen y de las decisiones comerciales de cada empresa.
La preocupación es más amplia.
Chile ya enfrenta problemas de sobreproducción, concentración y bajos precios para determinados productores y viticultores. En ese contexto, cualquier cambio regulatorio que abra nuevas posibilidades de producción debería preguntarse también cómo se distribuye el valor que esa nueva posibilidad genera.
Porque producir más no es necesariamente producir mejor. Y vender más vino tampoco significa necesariamente que quienes cultivan la uva o habitan los territorios vitivinícolas reciban una mayor parte del valor.Cuando el territorio puede quedar fuera de la historia
Aquí aparece quizás el riesgo más interesante. Si el vino de menor graduación se convierte simplemente en una nueva especificación de producto, puede producirse una paradoja: Chile podría desarrollar una gran oferta de vinos de 8,5°, pero sin que esa categoría contribuya necesariamente a fortalecer sus territorios vitivinícolas.
Un vino puede tener 8,5° en una etiqueta y, sin embargo, decir muy poco sobre el lugar del que proviene. En cambio, si Chile identificara y promoviera los territorios donde una menor graduación alcohólica es una característica natural y distintiva, podría convertir esa condición en una ventaja competitiva.
No sería solamente vender “menos alcohol”.Sería vender un paisaje capaz de producir naturalmente otro tipo de vino. Eso tiene una enorme importancia para el enoturismo.
Porque el turismo del vino necesita razones para desplazarse. Necesita lugares, relatos, personas, paisajes y experiencias que no puedan reproducirse simplemente cambiando una variable en una planta industrial.
¿Quién fue escuchado y qué modelo terminó prevaleciendo?
Hay otra pregunta que tampoco deberíamos esquivar. Las regulaciones no aparecen en el vacío. Antes de que una norma cambie, existen diagnósticos, intereses, propuestas, conversaciones y posiciones distintas.
Por eso, más que afirmar sin evidencia que una determinada industria o grupo “impuso” el cambio, la pregunta periodística más interesante es otra:
¿Quiénes participaron de esta discusión, qué argumentos fueron considerados y qué modelo de vitivinicultura terminó siendo favorecido por la nueva regulación? La respuesta importa porque Chile no tiene una sola vitivinicultura.
Existe una industria exportadora de gran escala, pero también existen pequeños productores, viticultores, cooperativas, bodegas familiares, productores de vinos de autor y territorios que recién están comenzando a construir una identidad propia.
Una política pública puede beneficiar a todos en alguna medida y, al mismo tiempo, beneficiar mucho más a unos que a otros.
La nueva categoría de vino bajo alcohol responde a un problema real. Los consumidores están cambiando, el consumo tradicional disminuye y el sector necesita encontrar nuevas alternativas.

Innovar, sí. Pero, ¿para qué?
Negarse a innovar sería un error. Pero también sería un error pensar que toda innovación es buena simplemente porque incorpora tecnología o abre un nuevo mercado.
La pregunta debería ser más exigente:
¿Innovamos para producir más barato, más rápido y a mayor escala, o innovamos también para agregar valor al territorio, mejorar las condiciones de quienes producen la uva y construir una identidad vitivinícola que nos diferencie?
Chile tiene una oportunidad. Los 8,5° podrían convertirse simplemente en una nueva cifra comercial. O podrían ser parte de una conversación mucho más interesante sobre nuestros territorios, nuestras variedades, nuestros productores y las nuevas formas de vivir y contar el vino.
El problema no es que Chile produzca vinos de 8,5. El problema es que una herramienta que podía haber servido para poner en valor territorios donde los vinos de menor graduación son una expresión natural del paisaje puede terminar convirtiéndose principalmente en una herramienta de escala y eficiencia industrial para los actores que tienen capital y tecnología.
Y si eso ocurre, el riesgo no será solamente económico. También podríamos estar perdiendo una oportunidad para construir un vino chileno más diverso, más territorial y más conectado con el paisaje que dice representar.
