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¿Está el vino perdiendo la batalla?
El consumo mundial cayó a su nivel más bajo desde 1961, China se desplomó y las nuevas generaciones beben menos que sus mayores. Las cifras encienden las alarmas, pero una tendencia no dura para siempre: quizás no estemos ante el principio del fin del vino, sino ante el comienzo de una nueva manera de beberlo.
Las cifras no son buenas. El mundo bebe menos vino y quienes durante décadas sostuvieron buena parte de su consumo están envejeciendo. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones beben menos y de otra manera.
No se trata simplemente de una mala cosecha, una moda pasajera o los efectos tardíos de la pandemia. Estamos ante una transformación más profunda del mercado mundial del vino.
Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo mundial cayó en 2024 hasta 214,2 millones de hectolitros, un 3,3% menos que el año anterior y el volumen más bajo registrado desde 1961. Quince de los veinte principales mercados consumidores redujeron su consumo.
Estados Unidos continúa siendo el mayor mercado mundial, con 33,3 millones de hectolitros, seguido por Francia e Italia, ambos en torno a los 22 millones. Pero mirar solamente el volumen puede resultar engañoso. Portugal, por ejemplo, encabeza el consumo por habitante entre los grandes mercados, con 61,1 litros anuales por persona mayor de 15 años, seguido por Italia, con 42,7, y Francia, con 41,5.
El derrumbe de China
China cuenta una historia todavía más inquietante. En 2015 consumía 18,1 millones de hectolitros; en 2024, apenas 5,5 millones. En menos de una década su consumo cayó cerca de un 70%.
Para Chile, que llegó a tener en China uno de sus principales mercados, no es un dato menor.
Pero quizás el problema más profundo no esté en China, sino en algo bastante más difícil de revertir: el cambio generacional.
Los baby boomers, que impulsaron buena parte del auge del vino durante las décadas de 1990 y 2000, están dejando atrás sus años de mayor consumo. Millennials y Generación Z no están ocupando ese espacio en la misma proporción. Salud, precio, competencia de otras bebidas y una relación menos cotidiana con el alcohol forman parte de la explicación. El propio informe identifica el relevo generacional como uno de los principales desafíos de largo plazo para la industria.
Sin embargo, hay un matiz que puede cambiar bastante la lectura de estas cifras: beber menos no significa necesariamente interesarse menos por el vino.
Beber menos, elegir mejor
Aquí aparece una palabra cada vez más frecuente en la industria: premiumización. Suena complicada, pero describe una idea bastante sencilla: beber menos, pero elegir mejor.
Y hay cifras interesantes. Mientras caía el consumo mundial, en 2024 el precio medio de exportación alcanzó 3,60 euros por litro, su máximo histórico. Al mismo tiempo, los vinos de más de 100 dólares retrocedieron en Estados Unidos, mientras mostró mayor dinamismo un segmento de precios medio-altos.
Conviene no exagerar esta tendencia. Premiumización no significa que todo el mundo esté comprando vinos cada vez más caros. Más bien, determinados consumidores están reduciendo la frecuencia o el volumen, pero siguen dispuestos a pagar por aquellos vinos en los que encuentran calidad, diferenciación, origen o una experiencia que justifique la elección.
¿Y Chile?
Chile vive esta transformación desde una posición particular. En 2024 produjo 9,3 millones de hectolitros, frente a los 11 millones del año anterior.
Pero mientras cae el volumen, también está ocurriendo algo diferente. Maule, Itata y otros territorios recuperan viñedos antiguos, pequeñas producciones y variedades que durante años permanecieron en segundo plano. País, cinsault y carignan vuelven a hablar de secano, paisaje, patrimonio y origen. Y algunas de estas variedades, históricamente adaptadas a condiciones de estrés hídrico, podrían incluso convertirse en una ventaja frente al cambio climático.
Entonces, ¿está el vino perdiendo la batalla? Las cifras actuales podrían llevarnos a pensarlo. Pero sería arriesgado proyectar una tendencia presente como si fuera una línea que continuará descendiendo indefinidamente.
Los hábitos de consumo cambian. Algunas tendencias crecen rápidamente, se convierten en moda, alcanzan un punto de madurez y terminan estabilizándose. Otras retroceden. Es posible que el consumo mundial de vino continúe disminuyendo durante algún tiempo, especialmente en determinados mercados y grupos de edad. Pero de eso no se desprende que el vino vaya camino a desaparecer de nuestras mesas.
Después de todo, estamos hablando de una bebida que lleva miles de años cambiando junto con las sociedades que la consumen.
Quizás la verdadera transformación esté en otra parte. Si una parte de los consumidores beberá menos, la batalla no será necesariamente conseguir que vuelva a beber más, sino darle mejores razones para elegir vino cuando decida beberlo.
Y allí calidad, territorio, productor, patrimonio, experiencia y relato pueden adquirir una importancia que durante la era del gran consumo masivo no tuvieron.
El vino probablemente no esté desapareciendo. Está buscando su nuevo lugar.
