Desde mi ventana

Mientras escribo en mi habitación, veo a través de la ventana cómo, al otro lado de la calle, una máquina arranca las parras de un terreno de media hectárea plantado con merlot

Rauzan, entre dos mares

Mientras leo en mi habitación, levanto la vista y veo por la ventana cómo una máquina arranca las parras de un terreno de media hectárea plantado con merlot, justo al otro lado de la calle. Lo hace con pasmosa facilidad, como cuando con una pinza nos sacamos una pequeña astilla de la piel. Las deposita, todavía con las raíces arcillosas en montones, que luego recogerá otra máquina.

Vista desde mi ventana de mi habitación en Rauzan

Todo debidamente planificado y ordenado. Al estilo francés. Y, además, pagado por el Estado.

Rauzan es un pequeño pueblo situado en la zona vitivinícola de Entre-deux-Mers, una Apelación de Origen Controlada (AOC), en el departamento de la Gironde, en Burdeos. El nombre puede traducirse como “entre dos mares”, aunque en realidad, alude a su ubicación entre los ríos Garonne y Dordogne, a pocos kilómetros de Saint-Émilion. Es una zona húmeda, de suelos arcillosos, famosa sobre todo por sus vinos blancos.

Los inviernos —y a veces también los veranos— son fríos y lluviosos. Tan fríos y lluviosos (45° de latitud norte) que para alguien quwe ha vivido siempre en a zona central de Chile se pregunta ¿cómo es posible obtener aquí vinos tintos de tanta reputación? Con menos cuerpo y menos alcohol que los vinos producidos en los soleados viñedos del Maipo, Colchagua o Curicó. Sin embargo, son deliciosos, de una gran complejidad aromática y de sabores muy equilibrados.

Con un clima cambiante, hay años que el cabernet sauvignon no alcanza su punto de maduración. Pero ahí están siempre los jugos del merlot y del cabernet franc que, gracias a una vinificación cuidadosa, logran equilibrar aromas y sabores para producir deliciosos ensamblajes.

No son pocos quienes afirman que el desarrollo de Burdeos como región de vinos de calidad se debe más a la intervención humana —a su determinación y a su savoir-faire— que a su clima impredecible o a sus suelos.

Un paisaje soñado

Por estos lados, cualquier paseo —en casi cualquier dirección— conduce a prados abiertos donde las viñas aparecen plantadas en espaldadera.

Una de ellas está frente a mi ventana. Como si se tratara de un cuadro vivo que cambia según las distintas estaciones. En invierno, mientras las raíces estoícas de las parras hibernan y resisten el frío y la lluvia interminable, y sobre la tierra se proyectan hileras de ramas contrahechas, secas y paupérrimas, que pareceieran servir sola para quemar como leña. Pero cuando llega la primavera y , como un milagro, se dejan ver los primeros brotes, luego la floración y el crecimiento rápido de los pámpanos y zarcillos. Retoños que se multiplican como impulsados por el soplo de una fuerza inmortal que transforma esta antigua planta vitácea en una enredadera de hojas verdes, racimos y promesas de vendimia. Un espectáculo que, más allá de toda ciencia, sigue siendo símbolo de misterio y fertilidad.

Primavera, comienzan a botar las parras en las viñas contiguas al pueblo

Pero no es solo el verde profundo de las viñas en primavera sobre las lomas onduladas, y los bosques de roble que sirven de pasaraleas para la rica fauna, que atraviesa hacia bosques aledaños.

También, están los cientos de pequeños pueblos antiquísimos, como el mismo Rauzan, separados por 10 o 15 kilométros cada uno. En cada uno de ellos existen todavía casas de piedra construidas a partir de una tipo de roca del lugar de un amarillo pálido, muchas construidas a finales de la Edad Media. No pocas de ellas, ya en ruinas, fueron reconstruídas y remodeladas por sus nuevos dueños conservando su inspiración original.

Del mismo modo, cualquier casa que se construya, ya sea de cemento u otro material, por normativas municipales, debe mantener una cierta simetría y estar pintada del mismo color que la piedra del lugar. Es la manera de conservar un patrimonio histórico dónde permanece, como un recuerdo civilizatorio, la armonía y la expresión de una identidad que es más fuerte que cualquier iniciativa inmobiliiaria, por millonaria que esta sea. Es decir, se impone con el acuerdo común, el «Derecho a vista»: la idea de que la belleza del patrimonio natural y arquitectónico de quiénes lo habitan y tienen el derecho a disfrutarlo cada día.

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